Los sesenta de Rayuela

Cultura
Publicado el 28/05/2023 a las 1h40
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No es fácil describir la emoción con que a fines de la década de 1960 los escritores de mi generación, que teníamos entonces menos de veinte años, recibíamos cada nueva obra del “boom” de la literatura latinoamericana. El grupo consagrado bajo ese explosivo rótulo incluía a Gabriel García Márquez, a Carlos Fuentes, a Mario Vargas Llosa y por supuesto a Julio Cortázar. Tuve la suerte de conocer brevemente a todos ellos, pero quizás fue la literatura de Cortázar, con quien pude estar varias veces en París, la que me marcó más.

Nuestro grupo de aspirantes a escritores esperaba ansiosamente el arribo de cada libro nuevo del cuarteto del “boom”, pero también de Rulfo, Asturias, Guimarães Rosa, Borges, Sábato, Amado, Carpentier, Marechal, Onetti y Roa Bastos, entre otros. Nos ayudaba la amistad que teníamos con Jorge Catalano que nos acogía en la trastienda de su librería, Difusión, para hablar de literatura con Pedro Shimose, un poco mayor que nosotros. Los libros tardaban en llegar, a veces con una o dos ediciones o reimpresiones de retraso, pero tener un nuevo ejemplar en las manos era una satisfacción indescriptible.

Años más tarde algunos críticos literarios, que no vivieron esa época, afirmaron que el “boom” fue una operación comercial que eclipsó a otros autores importantes de nuestra región. Todo lo contrario, nosotros ya leíamos a otros escritores argentinos o brasileños, y gracias al “boom” y el renovado interés por la literatura latinoamericana pudimos acceder a nuevas ediciones de los clásicos, que de otro modo no habríamos conseguido.

Este año se cumplen 60 de la publicación de “Rayuela” (1963), la obra más conocida de Julio Cortázar, que yo leí probablemente en 1967 o 1968, cuatro o cinco años después de su publicación. Otros cuatro o cinco años más tarde, la volví a leer, pero en París. Fue una experiencia distinta y enriquecedora en dos sentidos: pude apreciar mejor la novela y también la ciudad. Todavía se vivía el ambiente que impera en la obra, con el beneficio adicional de los eventos de mayo de 1968 y la llegada de exiliados latinoamericanos en la década de 1970. “Rayuela” me ayudó a adoptar París, la ciudad en la que mi vida se desarrollaría durante los siguientes cinco años.

Cortázar atraviesa ese periodo de mi vida como si los capítulos “opcionales” (pero imperdibles) se multiplicaran con escenas de mi propia vida. No fue extraño que al nacer mi primera hija recibiera el nombre de Sybille, la traducción al francés de la Maga, el fascinante personaje de la novela.

Si bien “Rayuela” fue la puerta grande de entrada al mundo de Cortázar, todas sus obras se cruzaron en mis itinerarios parisinos. Tuve las primeras ediciones de “62 modelo para armar”, “Libro de Manuel”, “La vuelta al día en ochenta mundos”, “Último round”, “Ceremonias”, “Territorios”, “Los autonautas de la cosmopista” y casi todos los demás libros que fui perdiendo en los traslados y adquiriendo de nuevo en otros destinos. He debido comprar “Rayuela” unas cuatro veces, y perdido otras tantas.

Con cada uno de esos libros iniciaba un viaje de fascinación. Si “Rayuela” había innovado con su segunda parte optativa y con la invención de centenares de palabras, “Ultimo round”, con el piso de abajo y el de arriba, fue un regalo de inventiva, así como “Libro de Manuel”, que incluía recortes de periódicos y se aproximaba a la crónica de la vida cotidiana. Ahora que he desempolvado la sección que le corresponde en mi biblioteca, no encuentro dos libros que fueron muy queridos cuando los leí: “Historias de cronopios y famas” y su poesía reunida en “Pameos y meopas”, sobre la que publiqué un comentario en la revista literaria “Reseña”, en España. Incluso tengo la edición en inglés de “Rayuela” (“Hopscotch”), en la traducción casi imposible de Gregory Rabassa. Uno de los desafíos más grandes para cualquier traductor.

Los cuentos que había leído antes, particularmente en “Final del juego” (1964, la edición de Sudamericana), adquirieron un nuevo sentido en París. Confieso que al leer por primera vez “Axolotl” no sabía que realmente existía ese extraño anfibio que tiene su hábitat en los canales de Xochimilco. Siguiendo los pasos del personaje de Cortázar, lo vi por primera vez en el acuario de Trocadero en 1972, tomé entusiasmado varias fotos, hice una ampliación esa noche y la dejé con una nota en un sobre manila, en la rue L’Éperon No. 9, donde vivía Cortázar. Para mí era un gesto significativo, para él probablemente una tontería de un admirador, pero al cabo de unos días respondió con una nota manuscrita agradeciendo el gesto.

Tuvimos un par de encuentros, uno en la Prefectura de París, en la fila de los extranjeros que renovaban su visa de estadía en Francia. Cortázar, en la cumbre de la fama, hacía esa fila como cualquier estudiante sin papeles, mientras en Argentina sus connacionales lo acusaban de haberse nacionalizado francés, lo cual era mentira (pero además no tenía nada de malo). En una revista mexicana he narrado hace años la conversación que sostuvimos aquella vez, al igual que otro encuentro en 1973, poco después del golpe de Pinochet, cuando ambos visitábamos una exposición de pintores chilenos en Saint-Germain-des-Prés. 

Años después me atreví a llevarle a la misma dirección mi segundo poemario, “Razones técnicas” (1980), no solo porque me había prestado el título de un verso suyo, sino porque yo sentía que mi poesía le debía mucho a la suya, publicada en Barcelona en el libro “Pameos y meopas” (1971) en la colección Ocnos de la editorial Libres de Sinera. Esta vez tardó dos años en responder y lo hizo en una carta manuscrita explicando que había estado enfermo, que mi poesía no le debía nada a la suya, y otras palabras amables que ya he reproducido en otro lugar. También conservo el disco de homenaje al Che que Casa de las Américas publicó en La Habana en 1978, con los poemas y las voces de 24 escritores latinoamericanos, entre ellos uno de Cortázar y otro mío. 

Cortázar está ligado íntimamente a mi vivencia de París, de modo que cada vez que voy me hallo visitando los lugares donde vivió y su tumba en el cementerio de Montparnasse, una lápida limpia que inauguró Carol Dunlop, su última compañera, fallecida 15 meses antes que él, y que ahora cubre también los restos de Aurora Bernárdez, la primera esposa, quien lo cuidó hasta el final.

“Rayuela” es un laberinto en el que el lector se interna para vivir una aventura creativa estimulante, una novela interactiva donde uno puede tomar caminos diferentes y llegar a finales distintos. Medio siglo más tarde, no faltan críticos literarios que pretenden menospreciar la novela olvidando su carácter innovador y revolucionario en la época que fue publicada, pero la literatura se vive, no es solo un objeto de estudio. Claro, es también una cuestión de gustos.

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