Sirviendo a la patria y degustando vicuñas
Mi oficio, mi modo de vida me permiten no solo recorrer paisajes alejados del país, sino también entablar conversación con personas que viven en esos parajes.
Hace unas semanas tuve la oportunidad de charlar con un joven que de alguna manera se podría catalogar como miembro de la generación Evo, no porque tuviera afinidades con el expresidente, sino por razones meramente generacionales, tenía casi 10 años cuando Evo subió al poder, y casi 25 cuando el expresidente fugó a México.
Tuvimos una charla amena y descontraída mientras recorríamos esos bellos y atroces desiertos que separan a la Bolivia urbana del territorio donde una vez tuvo nuestro país un puerto que era en realidad completamente inutilizable.
Ese día el viento era tal que no se podía salir del coche, y yo me imaginé una caravana de llamas tratando de llegar a San Pedro de Atacama en el año de 1878.
El joven me contó de sus inicios en un pequeño pueblito, de su madre esforzada, que lo crio sola, ahí hasta sus 11 años, y que luego lo mando a “ayudar” a una señora mayor en otro pueblo, que allí la pasó duró, porque su primera patrona era muy estricta, pero él le estaba agradecido, porque le enseño los rudimentos de la higiene, luego de dos años pasó a otro pueblo, con otros patrones, y luego con otros, para trabajar durante toda su adolescencia, mientras estudiaba en las escuelas locales y, finalmente a los 17 se presentó para hacer su servicio militar.
Le tocó servir en la misma zona, en el cuartel de Uyuni, y por unos meses lo enviaron a una guarnición, en las cercanías del Silala, y me dijo que allí, en medio de esa soledad, fue cuando vivió los momentos más duros.
Le pregunté si su familia había tenido que enviarle alimentos, como sucede con los jóvenes conscriptos, y él me respondió que no recibió ninguna encomienda de su madre, que él no quiso pedir nada, y que allí se alimentaron de lo poco que les enviaba el Ejército, de unas viandas que había llevado el sargento, y de cazar animales, ¿qué animales?, le pregunté: “vicuñitas”, fue su respuesta.
Quienes siguen mi columna saben que uno de los temas recurrentes que toco es el servicio militar obligatorio, que me parece absurdo y anacrónico, y que hace 30 años era tremendamente abusivo, por no decir criminal, y que, aunque algunas de las prácticas aberrantes que tenía han sido disminuidas, sigue siendo un tema pendiente en la estructuración de nuestra sociedad.
Luego me contó que de rato en rato también se dedicaban a extorsionar contrabandistas, algunos se dejaban, otros no.
Esta charla, simple y ligera, con un joven que es buena persona, que cumple a cabalidad con un trabajo de responsabilidad, me ha conmovido porque me ha demostrado dos cosas: se puede ser buena persona, y se puede a la vez haber participado de delitos sin tener verdadera conciencia de la gravedad de estos. Sobre todo, si se los comete bajo el paraguas del Ejército, vale decir del Estado.
Esa conversación, esta inocente confesión me ha abrumado no solo porque pone en evidencia nuestra frágil urdimbre moral, sino porque cuando el Estado entra en forma activa en la vida de los jóvenes los lleva a cometer actos absolutamente repudiables, a contravenir la ley, a convertirse en herejes a partir de exponerlos a extremas necesidades.
Las barbaridades cometidas por el Ejército boliviano en esa tierra de nadie al sud del país son muy graves, y deprimen porque en realidad han sido creadas de una forma absurda: no necesitamos soldados que el Estado no pueda mantener, no necesitamos llevar a nuestros jóvenes a convertirse en depredadores de la naturaleza y extorsionadores.
La lucha contra el contrabando, la institucionalización del país, tiene que partir de decisiones políticas que acaben con esas prácticas, hay una tarea pendiente para el próximo Gobierno, y un motivo más para denostar al llamado “proceso de cambio”. Tanto que se pudo hacer cuando había tanto dinero, y se dedicaron a otras cosas.
El autor es operador de turismo
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ

















